El Gran Nivel

Lo despertaron los cuervos antes del amanecer, centenares de cuervos que chillaban de júbilo mientras abandonaban las copas de los árboles en los que habían pasado la noche. Jan de Bruyne abrió los ojos y prestó atención a los graznidos, sabía que la luz aún tardaría en llegar y, como otras veces, se preguntó qué era lo que despertaba a los cuervos a esa hora. No hizo ningún intento por seguir durmiendo. De un tiempo a esta parte, simplemente dormía cuando no conseguía mantenerse despierto. El resto del día se esforzaba por cavar un canal recto a través de un humedal que llamaban Las Fens. Tenía que enderezar un río.

A veces, nada más despertar, se tomaba unos instantes para hacerse cargo de la empresa, como si durante el sueño hubiera olvidado la magnitud del desafío, o el proyecto resultara demasiado grande para abarcarlo en lo que duraba un parpadeo. Entonces, aún inmóvil, se obligaba a pensar en el canal por tramos o evocaba su trazado a escala en el mapa; la línea recta que se extendía hasta el mar, dispuesta a salvar los meandros que el río hacía en su recorrido final; justo allí donde la corriente se ralentizaba y el caudal se desbordaba y anegaba la planicie.

Los trabajos habían comenzado en primavera, cuando el suelo se encontraba menos enfangado, y el sol y la vida que zumbaban en el humedal se llevaban por delante las objeciones de los más reticentes. Las lluvias de otoño resultaban casi imposibles de imaginar en el estío luminoso, una tarea demasiado pesada para los párpados perezosos, pesados de luz. Jan pensaba en ellas al amanecer. Hacía cálculos en la oscuridad. Repasaba los fundamentos del proyecto a solas… El trazado recto, sumado a la fuerza de la gravedad, deberían proporcionarles a esas masas de agua el impulso suficiente para alcanzar la desembocadura del Gran Ouse sin provocar inundaciones a su paso.

De las labores de excavación se encargaban hombres llegados de los Países Bajos, a los que él podía dirigirse en su propia lengua; trabajadores con experiencia en áreas inundadas que, para excavar un canal de veintiún millas en plena marisma, contaban con picos, palas y carretillas por toda herramienta. Con ellos avanzaban a través de la ciénaga temblorosa, que a Jan se le antojaba un ser vivo; un animal semiacuático; una criatura de pelaje tan esponjoso como el suelo de turba de las Fens.

La nutria se deslizó banco abajo con un gorjeo y dejó el rastro de su barriga sobre el barro. La penumbra que precedía al amanecer la invitaba a volver a casa. Se sumergió en el agua. Ahíta de salmones y de truchas tras una noche de pesca no le prestó atención a los anguilas que, como ella, se recogían a pasar el día en sus escondites. Tenía por delante más de diez millas, pero la marea estaba subiendo y la impulsaba río arriba; además, contaba con su cola. La determinación con la que su cuerpo alargado hendía el agua decía mucho de su anhelo por llegar a la madriguera, un lugar seco y seguro. Qué sueño, madre tierra.

Jan oyó ruidos fuera, el sonido familiar de unos cascos. Debía de ser el mozo que le traía la mula. Emerald. Se puso la camisa por las mangas y agitó la cabeza para escurrírsela cuerpo abajo. No tardó en salir al aire fresco de primera hora de la mañana. La línea de luz sobre el horizonte le permitió distinguir los techos de las viviendas contra el cielo todavía oscuro, ver sus perfiles acolchados hechos de paja. Si el proyecto de drenaje en el que trabajaba tenía éxito, las áreas inundadas de donde provenían aquellos juncos se convertirían en tierras de pastos; cabía la posibilidad, incluso, que en tierras de labranza. La mula rebuznó y agitó su cabeza de burro. Era todo lo que podía hacer para librarse de los mosquitos que le picaban en el interior de las orejas. Le siguió, como un eco refinado, el sonido de una campana. La iglesia de Mepal era la única en toda la isla de Ely que no tenía torre, pero su muro posterior se prolongaba por encima del tejado y componía una estructura vertical de la que colgaba una campana solitaria. Jan desató las riendas antes de que los repiques se apagaran. Sabía que el terreno no tardaría en ceder bajo sus pies, empapado, a poco que se alejara del pueblo, pero, de momento, prefería andar. El limo que se acumulaba en el lecho de los ríos a su paso por las Fens resultaba tan denso y las labores de limpieza, tan escasas que los cursos se colapsaban y el agua forzaba cauces sin salida en la marisma, donde permanecía encharcada. Había barro por todas partes. Sin embargo, y conforme la luz iba ganando el cielo, a Jan no se le escapó el hecho de que el verano se encontraba en toda su gloria. La altura uniforme de los juncos creaba la ilusión de una línea recta que, a simple vista, resultaba paralela al suelo plano de las Fens. Expuestos al viento, los juncales se agitaban con gracia, aunque de un modo impredecible, como liebres que hurtaban el cuerpo en medio de una carrera. Aquí y allá, algunas flores, frágiles en su sencillez, significaban con un pálido color lila plantas de aspecto tan rústico, por lo demás, como los juncos; grandes extensiones de brezos coloreaban de rosa el suelo de la turbera; margaritas amarillas se agrupaban en toscos racimos en lo alto de unos tallos robustos que, en algunos sitios, se veían tan altos como un hombre; algunas mariposas hacían volteretas sobre las plantas de perejil de leche y la hierba algodonera se inclinaba bajo el peso de unas blancas caperuzas deshilachadas.

Se lo oía gritar desde lo lejos. «¡CAW! ¡CAW…! ¡CONSTANCY! ¡CAW, caw! ¡CONstanCY! ¡CaaAWww…!»

En cierto momento, Hiram se detuvo, como si se hubiera cansado de lo que estaba haciendo y dijo:

Tu nombre empieza como el graznido de un cuervo.

Ella se puso de puntillas y le aplastó los rizos oscuros sobre la cabeza.

—¿Y lo dice alguien que parece un cordero gigante?

Eran hermanos. El chico era el mayor. Al principio, él la había llevado de la mano a todas partes con la advertencia materna «Cuida de tu hermana» esculpida en la frente en letras de piedra.

—Pero los corderos andan a cuatro patas —sentenció ahora, muy serio.

Aquello había durado hasta que la niña había cumplido los nueve años. Entonces la madre había empezado a decir, como al pasar, cuando los veía salir en dirección al almacén: «Constancy, cuida de tu hermano».

Los primeros meses Jan podía oír las voces antes de llegar. Sonaban en el aire claro del alba, elevándose sobre el rumor regular de los juncos, fuertes, bruscas, como suenan las voces de unos hombres que se afanan en una tarea pesada, como suelen hacerlo en cualquier lugar, Holanda o Inglaterra. Voces que indicaban o pedían algo sin contemplaciones, que a veces hacían una chanza. Eso había sucedido al inicio de los trabajos, cuando él vivía en Earith y la obra le quedaba a tiro de piedra. Solía llegar cada mañana cuando la actividad daba comienzo, a una hora en la que algunos repetían de viva voz las órdenes del capataz a los rezagados o a los que el sueño dificultaba el entendimiento y otros —las manos de mantequilla— prevenían a los gritos sobre el peligro de una herramienta que acababan de despeñar al lecho del canal. Se oían, incluso, los juramentos de los más madrugadores, que empujaban hacia la superficie su primera carretilla cargada de turba por la rampa que el lodo volvía condenadamente resbaladiza. Eso había sido en Earith. Porque ahora tenía que montar la mula y recorrer unas cuantas millas en dirección norte antes de encontrarse con la obra que, le gustaba pensar cuando veía las cabezas de los bueyes señalando su posición, si el día anterior había sido uno de los buenos, avanzaba hacia él. Para entonces el griterío de los patos, multiplicado por el de las ocas, y las grullas, y los cisnes y por el de otras aves acuáticas que él nunca había visto, que solo había oído nombrar, relegaba las voces de los hombres al reducido espacio en el que trabajaban: el canal que intentaban arrancarle a las Fens para facilitar la descarga del río Gran Ouse; un desvío recto que le ahorraría ocho millas de meandros a las aguas que las tierras altas descargaban sobre la planicie.

De camino solía cruzarse con algún vecino de Mepal que conducía a sus animales a pacer en las laderas del pueblo. A veces intercambiaban un saludo corto que, de la otra parte, siempre sonaba reticente. Los lugareños desconfiaban de la novedad de un proyecto, que pretendía eliminar la razón de la abundancia de esos pastos: las inundaciones. Otras veces, cuando ya se había alejado del pueblo, Jan oía voces que provenían de la marisma; la de la gente de las Fens, suponía, ocupada en sus propios asuntos: la caza de aves silvestres, la pesca, el corte de turba… Vivían de los recursos que les procuraba el humedal, en chozas situadas en reducidas elevaciones de terreno en medio del agua.

Por un instante, se preguntó cómo sería vivir de la naturaleza. Ser capaz de proveer a su sustento sin tener que cultivar algo con sus propias manos. O criarlo y alimentarlo. Sin tener que ganar dinero para calentarse en invierno. ¿Cómo sería no tener que responder al conde de Bedford por el progreso de la obra? Librarse de la presencia de los inversores que, inclinados sobre su hombro, vigilaban invisibles el avance de la línea recta a través de la marisma.

Corbin hundió la vara en el agua e hizo avanzar la batea en dirección a la siguiente trampa. La pila de cestas alargadas que llevaba en la proa se tambalearon un poco. Solía disponer las trampas para las anguilas al final del día, antes de que estas abandonaran sus escondites en el barro del fondo, dispuestas a comer al amparo de la noche. Volvía a recogerlas al amanecer. Aquella mañana, como de costumbre, un buen número de anguilas había entrado en todas las trampas y él disponía de una cantidad suficiente para acercarse a Ely y venderlas. Pese a la promesa viscosa que se retorcía en el cubo de madera y a tener frente a sí solo el aire transparente de la mañana, apartó la cara en un breve gesto de contrariedad. Esperaba no volver a encontrarse con los hermanos Goodwriche. El chico siempre estaba haciéndole preguntas. Debían de tener la misma edad, pero él sonaba como uno de sus hermanos más pequeños. Y la chica lo dejaba hacer. Sus preguntas eran de lo más extrañas. «¿Cómo vivía en medio del agua?», «¿se mojaba?». Una vez le había preguntado si tenía los pies con los dedos unidos como los patos. Corbin volvió a impulsar la batea y atravesó un manto de hojas de nenúfares en dirección a una rama de sauce que emergía del agua; las que usaba para señalar la posición de las trampas y aquella era la última. Tentó el fondo con el gancho, que la vara tenía en la otra punta, y al izarla, supo por el peso que contenía algo. El perro pareció intuirlo y empezó a ladrar con ladridos cortos y secos antes, incluso, de que la cesta aterrizara en el fondo. Lo había encontrado en la turbera el último otoño persiguiendo a una rata de agua. La gente decía que lo había robado. Era fácil que los viajeros sin guía acabaran perdidos en las Fens, pero él no había visto a nadie aquel día. El perro era pequeño y compacto. Tenía el pelo rojo y duro, y unos ojos redondos y brillantes. Corbin se puso en cuclillas y quitó el tapón de la trampa: algunas anguilas se retorcían en el interior, incapaces de salir por la estrecha abertura por la que habían entrado. El perro volvió a ladrar, expectante, las orejas en punta. «A tus ratas, Marinero», le dijo. Y lo cogió del rabo, que él erguía muy tieso, para apartarlo. Después de añadir las últimas anguilas al cubo rebosante que tenía en la proa, Corbin continuó impulsando la batea en dirección opuesta a la que había llegado, hasta que el modesto curso por el que navegaba alcanzó la confluencia con el río Gran Ouse. Allí se aseguró de que la marea estaba bajando, antes de sumarse a la corriente que se desplazaba hacia Ely; la vara que había usado antes para impulsarse le servía ahora de timón. Algunas nubes oscuras le arrebataban el brillo a la luz y, al hacerlo, concentraban los colores de las cosas. Los verdes lucían tan sólidos que las grandes matas de helechos de la orilla y las ramas de los sauces daban la impresión de ganarle espacio al río. El vaivén del agua y la ausencia de acción lo fueron sumiendo en un estado de sopor que solo un elemento ajeno a ese paisaje hubiera podido turbar. Un carro tirado por bueyes cargado de paladas desordenadas de turba, por ejemplo; una montaña entera en lugar de una ordenada pila de cortes de turba secos. La carga era tan grande que, pese a estar mojada, iba perdiendo terrones conforme el carro avanzaba paralelo a la orilla. «Eh, tú», gruñó. El conductor le dirigió una mirada desde la altura de su caja, antes de azuzar a los animales con un golpe de las riendas. Corbin sintió que se tambaleaba y devolvió su atención al río. Una gabarra lo había adelantado y el desplazamiento de agua que había provocado le estaba dando alcance. El perro le ladró a la estela; las cestas estuvieron a punto de derrumbarse. Ya estaba cerca de Ely: las torres cuadradas de la catedral se alzaban sobre la línea del horizonte. ¿Cuántas anguilas habrían hecho falta para edificarla? Decían que los monjes habían cambiado anguilas por bloques de piedra, pero era difícil hacerse una idea del número. ¿Un cubo lleno por bloque? Él se hacía un lío con las cantidades. Cuando el hombre que le compraba las anguilas le pedía que mirara el brazo de la balanza, él miraba, pero no veía nada. Si el hombre le decía «siete libras», él decía «vale». Y si decía «cinco y medio» o «seis», lo mismo. «De acuerdo». Solía encontrarlo junto al puente levadizo, tan próximo al Gran Ouse como le fuera posible, dispuesto a embarcar cajas repletas de anguilas vivas en el siguiente barco que remontara el río hasta el Mar del Norte, desde donde bajarían, siguiendo la línea de la costa, al puerto de Londres. Allí estaba, hoy también, el armazón de tres patas del que colgaba los cubos para pesarlos. Pero no había ninguna señal de actividad en torno a él. El hombre no se ajetreaba a su alrededor con sus prisas de costumbre. Nadie esperaba junto a la orilla para descargar. Solo un niño, en cuclillas bajo el gancho vacío, hacía agujeros en el suelo con un dedo.

—¿Quién va a pesar esto, chico? —Corbin señaló el cubo que transportaba en la proa.

—Tendrá que esperar un poco. Todo el mundo tendrá que hacerlo…, eso ha dicho mi padre.

—¿Y dónde está él?

El chico alzó el mentón por encima del hombro y señaló el muro de mampostería que sostenía el puente de madera levadizo. Todo el mundo sabía que detrás de él, un poco más allá, se encontraba la ciudad. Corbin buscó la señal de la marea en la orilla opuesta: una franja ancha, más oscura que el resto, le indicó que ya no iba a bajar mucho más.

—¿Esperar…? No tengo todo el día, ¿sabes? ¿Esperar hasta cuándo?

El chico lo miró y volvió a hacer agujeros con el dedo.

—¿Sabes dónde ha ido? —insistió Corbin.

—¿Qué me das si te lo digo?

Corbin miró a su alrededor. Había algo que sus hermanos siempre querían.

—Te dejo jugar con mi perro.

El hocico de Marinero, que estaba tumbado sobre el travesaño central de la batea, asomaba por la borda.

—Tiene las orejas un poco grandes, ¿no? —El chico se levantó y se acercó a la orilla—. ¿Por cuánto tiempo?

Corbin señaló el contenido de la barca: «Lo que tarde en descargar esto». Luego silbó y el perro agitó la cola.

—Está en la posada El Ciervo Blanco.

Los travesaños que reforzaban las partes móviles del puente formaban un arco rústico sobre el río. Corbin se deslizó bajo la estructura, ligeramente encogido sobre sí mismo, aunque había espacio de sobra: nunca se había sentido cómodo en la ciudad. Al otro lado el tráfico de botes y bateas, que navegaban próximos a la costa, lo obligó a prestarles atención. Tuvo que maniobrar con la vara para esquivar a unos y mantenerse a distancia de otros hasta que alcanzó la vía de descarga a la que se dirigía; uno de los canales que se internaban en la ciudad. Aquella mañana, la intensidad del olor en el barrio de los curtidores era insoportable. Por mucho que dijeran, el barro de las Fens no olía tan mal. Y, además, la peste nunca había llegado hasta la turbera. Corbin ahueco la palma de una mano y se cubrió la nariz y la boca con ella. Apenas si habían transcurrido un par de veranos desde el último brote. En Ely había muerto un montón de gente, pero en las Fens no se había enfermado nadie. Ellos sufrían las fiebres de la ciénaga, y con eso tenían bastante. Saltó al muelle y aseguró la batea con un cabo. El perro, que había saltado antes, ya iba corriendo cuesta arriba.

La calle en la que se internó estaba flanqueada por una hilera ininterrumpida de casas. Cuando giró, un poco más adelante, en la calle del Embarcadero y empezó a subir la pendiente que conducía a la plaza del Mercado, las fachadas se hicieron más importantes. Algunas tenían las ventanas abiertas.

¿Madre, dónde está el libro de recetas?

¿Para qué lo quieres?

Tienes una para borrar las pecas, ¿verdad?

En la antecocina, ¿no estás tú allí?

Con Hiram.

¿Y él qué está haciendo? Busca la receta del agua de hojas de saúco.

Algo con los moldes de las velas.

Que no toque las mechas, Constancy

No encuentro la receta.

¿Y el agua para las quemaduras de sol?… ¿No deberías usar más tu sombrero de paja?

Prefiero la cofia. Además, me salen pecas con solo asomarme por la ventana. ¿Tenemos cebada perlada?

El sombrero tiene forma de cuenco, mami. Connie lo odia.

Cállate, Hy.

Cebada, sí. ¿Qué más lleva?

Flores de saúco.

Ya ves… También podría servirte.

Y azucenas. Y claras de huevo, hibiscus… Y algo que no sé qué es. ¿Qué es la hierba lombriguera, madre?

Corbin se detuvo en la esquina que daba a la plaza del mercado y observó. Ese día no había puestos montados, así que ningún carro o tenderete le estorbaba la vista. Frente a la entrada de “El ciervo blanco” se agrupaban algunos hombres, pero el vendedor de anguilas, al parecer, no se encontraba entre ellos. Dejó pasar un rato por si aparecía, y al final, se decidió a cruzar la plaza. A mitad del recorrido Marinero se enzarzó en una pelea con otro perro. Alguien le gritó algo. Se dio prisa en llegar a la taberna, y empujó la puerta de entrada con tanto ímpetu que golpeó contra la pared. Algunos hombres se volvieron y se quedaron mirándolo. Corbin se alzó la capucha que llevaba sobre los hombros. La paja del suelo estaba fresca: debían de haberla renovado ese día. Cuando volvió a mirar a su alrededor, descubrió al vendedor de anguilas, al fondo, con una jarra en la mano. Había gente de las Fens bebiendo con él. Corbin se preguntó si ya habrían cobrado por sus cubos de anguilas. Se acercó a ellos y se situó a un lado del círculo que formaban. Los oyó hablar de aquella manera que tenían, como para llenar espacios entre sorbo y sorbo, sin ninguna prisa por agregar nada, sin apenas darse respuestas «Alguien debería hacer algo», dijo uno. El de más allá comentó que había visto extranjeros cavando en Mepal. Aquí se agitaron algunas cabezas. Otros miraron al interior de sus jarras. «¿Los que habían drenado el Nivel de Hatfield?» A esta pregunta le siguió un silencio más prolongado. Corbin levantó la mirada del suelo. El vendedor de anguilas parecía distinto allí, como si fuera su hermano gemelo, uno sin urgencias. Junto al puente siempre daba la impresión de estar corriendo, colgando y descolgando cubos, las manos volando sobre la barra en la que ajustaba el peso. Justo cuando pensaba que estaban a punto de marcharse, uno de ellos empezó a cantar. «Señor…» Corbin se acercó al vendedor de anguilas, «la marea debe de estar subiendo». El hombre lo miró con una atención exagerada hasta que consiguió enfocarlo. Luego le pidió una cerveza. «Invito yo, hijo».

Al final, Corbin había acabado cantando.

«El holandés tiene un alma sedienta», empezaba la estrofa. La habían cantado tantas veces que se la había aprendido de memoria. Entonces lo habían jaleado. «Anda, tú, que buena memoria». Y habían vuelto a cantar. «Nuestras bodegas están sujetas a su llamado». Y se habían dado fuertes palmadas en los brazos. «Que cada hombre agarre fuerte su jarra», habían gritado entre risas. Y cuando se habían aburrido de cantar siempre la misma estrofa, le habían enseñado a Corbin una balada entera. «Venid, Hermanos del Agua…», canturreó él, ahora, bajito.